Mostrando entradas con la etiqueta conexion con el cuerpo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta conexion con el cuerpo. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de octubre de 2015

PIZZA Y APARTE...

Mi novio tiene la costumbre de comer pizza muchas veces para cenar. Lo que para mi siempre ha sido tabú, prohibido, veneno, él come con la mayor normalidad del mundo. De hecho lo clasifica como "algo ligero". Pero lo cierto es que no se come cualquier pizza. Se molesta en encargarla en su restaurante favorito de Madrid, recogerla personalmente, y cuando llega a casa le da un último golpe de horno con algún añadido casero que suele ser cayena o aceite picante. Y lo mejor de todo: No necesariamente se la come entera. Cuando se siente satisfecho a todos los niveles, deja de comer. Y si ha sobrado mucho, lo congela y para la próxima vez.

Pues bien, yo ayer hice el experimento de pedir pizza para cenar. Llevaba días dándole vueltas y anoche decidí que me iba a comer una pizza conscientemente. Observándome, conectada con mi cuerpo y disfrutando del momento sin críticas ni juicios. 
Y descubrí que hay maneras y maneras de comer pizza. Y yo, todavía ayer, incluso con todos los cursos de alimentación consciente que he dado, la comí desde lo prohibido.
La pedí en Telepizza, de verduras. Llegó casi fría pero no la calenté. Me senté a comerla y estaba sosa. Así que eche un chorrito de aceite picante y continué comiéndola. Al principio con las manos, pero luego decidí coger cuchillo y tenedor para comerla mas lentamente. Había una clara tendencia a comerla rápidamente y note en mi cuerpo una excitación y mucha inquietud en mi mente que me impedía centrarme en esa sola cosa, esa cosa que siempre he anhelado: en comer, saborear y disfrutar comiendo una pizza como cualquier persona. 
Podía más el factor prohibido que durante casi 30 años he cultivado en mi mente que centrarme en el momento presente sin más. 
Hacia la mitad, ya estaba llena, pero seguía pudiendo más el "efecto prohibido" que en este caso se traducía como "para una vez que la comes, ve hasta el final" que el cuidarme en mi cuerpo, en mi tripita y en mi nivel de satisfacción.
Y curiosamente,  cuando terminé con la pizza, mi mente, desde la excitación, no podía parar de buscar algo más que comer. Algo más prohibido... "ya que se ha abierto la veda...".

Pues bien. Me costó un montón poder dormirme. Mi estomago hoy se siente pesado y un poquito dolorido. Y el nivel de energía en mi cuerpo, bajito. No por la culpa que a diferencia de otras veces, no siento nada. Pero si porque los alimentos, nutrientes y minerales que le dí a mi cuerpo ayer no eran precisamente lo que mas energía me proporcionan, sobre todo por las cantidades en que se las dí. 
Quiero compartir esto con vosotros porque cada vez estoy mas convencida de que Comer Conscientemente es el camino. 
Para mi, este ejercicio ha sido muy liberador. Y me quita un gran peso de encima. La clave de todo ello hoy es: COME LO QUE TU CUERPO NECESITA, no lo que tu mente desea. Y desde ahí, no hay bueno/malo, correcto/incorrecto, permitido/prohibido. Desde ahí hay una enorme sabiduría esperando poder aflorar, esperando poder ser escuchada. La sabiduría de nuestro CUERPO.

Os dejo con las pautas de Geneen Roth:
Come cuando tengas hambre
Come lo que tu CUERPO quiere (no tu mente)
Para cuando hayas tenido suficiente
Come sentada
Come sin distracciones
No comas nunca a escondidas
Come disfrutando, saboreando, con placer 


lunes, 27 de octubre de 2014

Un templo llamado CUERPO

 
"La iglesia dice: el cuerpo es un pecado.
La ciencia dice: el cuerpo es una máquina.
La publicidad dice: El cuerpo es un negocio.
El cuerpo dice: Yo soy una fiesta ".-
Eduardo Galeano, Walking Words

Estamos acostumbrados a vivir siempre en la mente y la mente es la que suele regir nuestras vidas. Ayer leía una frase de James Allen que apuntaba: “Has llegado hoy hasta donde tus pensamientos te han llevado, y mañana llegarás hasta donde tus pensamientos te lleven”.
Y es que la mente juega un papel muy importante en nuestras vidas. Los seres humanos nos distinguimos del resto de mamíferos precisamente por nuestro uso de las capacidades mentales.
Sin embargo, quedarnos solo en la mente es vivir la vida de una manera muy limitada. Nuestra mente, y en concreto nuestro cerebro proviene del cerebro reptiliano, donde se encuentra el instinto de autopreservación y agresión, que posteriormente evolucionó al cerebro intermedio donde se haya el sistema límbico y las emociones para acabar en el cerebro racional o neocórtex que hoy en día usamos, donde se procesan todas las tareas intelectuales.
¿Que quiero decir con todo esto? Pues como decía mi profesor de Mindfulness, el Dr. Ronald Siegel: nuestro cerebro (el tuyo, el mío y el de todos) es velcro para lo malo y teflón para lo bueno. Estamos diseñados de serie para protegernos, es decir, atacar o para huir. Y es por esto que pasamos la mayor parte de nuestra vida en lo malo, elaborando sobre las preocupaciones, anticipándonos a lo que pueda pasar, o arrepintiéndonos de lo que fue y de lo que no pudo ser.
Y debido a todos esto, pasamos la mayor parte de nuestra vida haciendo uso de la mente pero se nos olvidan los demás invitados a este baile de la vida. Y el verdaderamente importante, el de honor, es nuestro cuerpo.
Yo vengo de una familia eslava con un carácter bastante fuerte donde todos crecimos con la creencia de “No hay dolor”. Y como yo interpreté desde pequeñita esto, es que hay siempre que tirar para adelante ante cualquier dolencia. Afortunadamente no es que haya tenido muchas enfermedades graves en mi vida, pero siempre he entendido el cuerpo como un vehículo para llegar a donde quería. Si le faltaba gasolina, se la ponía en cualquier estación y a seguir. Revisiones de ITV humana anuales y si todo bien, que solía estar bien, cerraba carpeta hasta el año siguiente.
 Sin embargo, a través Atención Plena (Mindfulness) y de la Alimentación Consciente (Mindful Eating) he ido poco a poco entendiendo que el cuerpo es mucho mas que un vehículo o una talla de vaqueros para poder estar mona.
Gracias a nuestro cuerpo estamos aquí. Sin él, nuestra vida no es vida. Es decir, sin cuerpo, no hay vida. Cuando no funciona, nada a nuestro alrededor funciona. Y cuando funciona, cuando nos sentimos bien, somos capaces de alcanzar la luna con las manos.
Tratar a nuestro cuerpo con amor y cuidado no sólo aumentará nuestro amor propio, sino que nos aportará un subidón de energía. Pongamos atención e intención en lo que le damos a nuestro cuerpo, no sólo porque nos queremos ver bonitas, sino porque nos queremos y nos queremos sentir bien. Alimentar nuestro cuerpo con alimentos ricos en nutrientes nos hará rebosar amor por todos los poros.
Para aprender a escuchar el cuerpo, como con cualquier escucha atenta, hace falta silencio, hace falta provocar momentos de encuentro.
Y ¿Cuándo podemos crear esos momentos de encuentro? Para mi, los tres momentos clave de encuentro con mi cuerpo diarios son a través de la meditación, cuando me alimento y cuando hago ejercicio.
Tanto en la meditación de respiración (Mindfulness) como en la meditación activa (yoga) o cualquier actividad de conciencia corporal, el cuerpo comunica su estado. Cuando a los pocos minutos de sentarme en el zafú consigo acallar la mente, el cuerpo empieza a hablar y los dolores o incomodidades empiezan a surgir. Y el latido del corazón se empieza a oír. Y me va hablando diciéndome lo que necesit para ese día, lo que el día anterior no le dí o de lo que lleva tiempo careciendo.
A través de la alimentación, además de darle el combustible básico que necesita, comprendo que alimentos le saben bien, cuales le sientan mejor y cuales le van a ayudar da sacar el día adelante con energía y buen ánimo.
Cuando se desarrolla una actitud en la cual nos responsabilizamos de la información interna qué proporciona nuestro cuerpo, los hábitos perjudiciales como el sedentarismo o la alimentación desequilibrada se modifican no por "deber" sino para disfrutar de más bienestar interior. Desarrollar una mirada de amor hacia el cuerpo no significa determinar si el cuerpo es bello o es feo, sino volver a casa para cuidar lo que es nuestro, lo que somos y nos vincula a la vida.
Y con la actividad física, en mi caso es la carrera, que es seguramente el momento en el que mayor presión le meto, es cuando mi cuerpo y yo nos volvemos uno y la comunicación es simultanea. La mente muchas veces quiere colarse repitiendo frases como: “ya has hecho mucho hoy” “hoy estás corriendo peor que nunca, no tenías que haber salido de casa” “me siento super pesada” “como me está costando” “no se si parar ya” “total, ya has corrido un día esta semana, no hace falta más”, etc., etc., etc. Pero el cuerpo sigue, silencioso, paso tras paso avanzando. Incluso a veces con mayor rendimiento de lo que mi cabeza puede percibir por todo el ruido mental de mis “saboteadores”, esos pequeños gremlings que todos tenemos que nos invitan a vivir permanentemente en nuestra zona de confort.
 Y aquí me permito insertar las sabias palabras de mi profesor de meditación y yoga, Gustavo G. Diex:
“No te involucres en una competencia contigo mismo, y si así lo haces, nótala y déjala ir. El espíritu del trabajo es el espíritu de la aceptación de uno mismo en el momento presente. La idea es explorar tus límites suavemente, con cariño y respeto a tu cuerpo. No es intentar romper los límites de tu cuerpo por querer transformarlo en un ideal. Eso puede ocurrir en forma natural si mantienes la práctica pero si tiendes a forzarte más allá de tus limites del momento en vez de relajarte en ello, puedes terminar dañándote. Esto simplemente podría hacerte retroceder y desanimarte sobre el mantener la práctica, en cuyo caso podrías encontrarte culpando al trabajo en ved de ver que fue tu actitud de intentar lograr algo la que te llevó a excederte. Ciertas personas tienden a entrar en un círculo vicioso de excederse cuando se sienten bien y con entusiasmo y luego no poder hacer nada durante un tiempo y desanimarse”.
Para esta temporada os propongo que cada una desarrolle su ritual de comunión con el cuerpo, para aprender a quererle y cuidarle como si fuera nuestro bien mas preciado… ¡que lo és!