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domingo, 21 de febrero de 2016

¿QUÍEN TIENE HAMBRE AHÍ? (parte I)


Comer es un acto que tenemos que realizar entre tres y cinco veces al día para sobrevivir y por muchas diferentes razones, casi siempre realizamos de modo automático y con cierta rapidez, a no ser que tengamos una comida de trabajo, donde lo que menos importa es la comida.

Y en muchos casos este automatismo nos lleva a comer sin saber ni qué ni por qué comemos, sin embargo, si prestamos atención al acto en si, podemos descubrir que comer es uno de los actos más enriquecedores y sensuales que realizamos al día, aunque sea una simple ensalada.

Mi querida maestra y amiga, Jan Chozen Bays, gran profesional de Alimentación Consciente, describe en su libro COMER ATENEOS el hambre en 8 tipos. Si habéis leído bien. Tenemos 8 tipos de hambre y estos son: hambre visual, hambre olfativa, hambre bucal, hambre auditiva, hambre estomacal, hambre celular, hambre mental y hambre de corazón.

El hambre visual, es ese hambre que aparece cuando ya hemos terminado de comer y estamos bien, relativamente llenas, y aparece el carrito de los postres, y ¡¡¡tachan!!! Hay una maravillosa tarta de zanahoria con su frost mirándome cara a cara y diciéndome “cómeme” “cómeme”. O cuando por ejemplo llegamos a un restaurante y mientras estamos decidiendo qué pedir, pasa un delicioso plato por delante con una melanzzane gratinada humeante recién salida del horno. A lo mejor en ese momento nuestro hambre celular es normal, sin embargo se nos antoja ese plato por los ojos.

Ya conocéis esa famosa frase de las madres “es que mi hijo come por los ojos”. Y muchas veces decidimos la cantidad que vamos a comer por los ojos. Miramos al plato que esté razonablemente lleno y ¡voila!. Pues bien, ese es el hambre visual.

Y la vista ¿de que más se alimenta además de comida?. Pues bien, la vista se alimenta de belleza. Lo que la atrae es la belleza, la armonía, los colores, la variedad, las diferentes texturas, etc. Prepararnos la comida bonita en el plato, alimenta nuestra vista. Ponernos una mesa bonita, con mantel, una vajilla bonita, e incluso alguna flor o vela, como si fuese a venir un invitado a comer, nos alimenta la vista. Y nos predispone a comer de otra manera. Pero voy más allá de la comida. Pararnos a contemplar un árbol o el las hojas en otoño alimentan nuestra vista. Nos calma, nos trae armonía al cuerpo y además de alimentar nuestra vista, alimentamos también nuestro corazón.

Después está el hambre olfativa. El olor nos evoca sensaciones que van mucho más allá de la comida. ¿Cuántas veces vamos a comer a casa de nuestra madre y ya podemos oler las hoyas desde el ascensor? ¿Olemos comida u olemos hogar? O ¿cómo identificamos los olores de la canela y galletas de jengibre cuando se va acercando la Navidad? . La nariz es un elemento clave para ensalzar la comida. Y bien lo podemos comprobar cuando estamos resfriadas o con gripe. La comida apenas nos sabe a nada, por lo que llegamos mucho antes al aburrimiento. El olor es el preámbulo necesario para el sabor o el gusto. Sin olor, se pierden las sutilezas del sabor y la comida se convierte en algo que hay que consumir porque el cuerpo necesita combustible. Y esto lo sabe la industria alimentaria, y bien se encargan de potenciar ciertos olores que saben que nos animarán a comer más.

Por lo cual, si en cada bocado nos paramos a apreciar todos los matices diferentes de la comida, apreciando, las especies, las hierbas, el contraste de los olores, nos ayuda una vez más a alimentar nuestro olfato, a ensalzar bocado a bocado la comida deliciosa que tenemos delante y, como no, de alguna forma, acabaremos también alimentando nuestra alma.

Y ahora pasaremos hablar del hambre bucal. Una de las hambres más demandantes, por decirlo de alguna manera. Es el deseo de la boca de sensaciones placenteras. Y estas varían dependiendo de la persona y del entorno, tradiciones culturales, condicionamiento, etc.

Pero hay algo que caracteriza a la boca en concreto que es el principal foco de placer. En la boca se encuentran las cinco diferentes papilas gustativas. El dulce, salado, ácido, amargo y el umami, un sabor que se identifica con lo proteico o aminoácidos. Cinco estímulos diferentes que cuando entra algo de comida o bebida en la boca se ponen todos en marcha. Yo lo identifico como un grupo de música. Todos tocan sus piezas y todos complementa y acaban componiendo una melodía única y muy placentera si estamos conectados a ella. La batería, el bajo, la guitarra, los teclados y la voz. Todos componiendo al unísono un momento que puede ser realmente placentero. Pero la mayoría de las veces, cuando estamos comiendo, estamos más conectados a lo que vamos a poner en el siguiente tenedor que lo que está pasando en la boca. Es decir al hambre visual, que al bucal. Por lo cual nos perdemos la esencia de la melodía. Lo más importante.

Por otro lado, como la boca está muy acostumbrada al estímulo, cuando no lo tiene se aburre pronto y está siempre buscando algo nuevo. Es decir, si por la boca fuese, no pararíamos nunca de comer pasando de un sabor a otro que la mantuviera entretenida.

Si queremos sentirnos satisfechos al comer, la mente ha de ser consciente de lo que sucede en la boca. En otras palabras, si quieres disfrutar de una fiesta en la boca, debes de invitar la mente al banquete. Traer la conciencia. Estar conectada. Y estar atenta pues la boca siempre pide una segunda ración. Y una tercera. Y una cuarta, sobre todo si los sabores son cambiantes.

La clave para satisfacer el hambre de boca está en estar presentes en la fiesta que hay en ella. Esto significa situar al concentración de la mente en la boca y abrir la conciencia a todas las texturas, movimientos, olores, sonidos y sensaciones gustativas al comer y beber. En definitiva, comer con consciencia y curiosidad.

Y por último en esta entrega, vamos a hablar del hambre estomacal. ¿Qué señales emite el estómago cuando tiene hambre? Hay gente que dice que el estómago habla, que gruñe, otras que hay una sensación de vacío, como un agujero que necesita ser rellenado. Otra experimentan opresión. Y casi todos coinciden en que se trata de sensaciones poco agradables. Y esto está bien, pues si no recibiéramos señales de que tenemos hambre, podemos morir. La historia aquí es que el estómago no nos da ese tipo de señales. El estómago da señales de plenitud (estar lleno) o vacío. Que no necesariamente tienen que ver con el hambre celular. Ese hambre que sentimos si hemos desayunado a las siete de la mañana y son las cuatro de la tarde y todavía no hemos probado bocado.

La idea de que el estómago nos avisa de cuando tenemos que alimentarlo no es correcta. En realidad, somos nosotros los que le decimos al estómago cuándo tener hambre. Y esto se produce a través de nuestros hábitos alimentarios. Cuando comemos tres comidas al día siguiendo horarios regulares, el estómago se condiciona a esperar comida en esos momentos. Prueba de ello son esas personas que hacen ayunos más de tres días. Está comprobado que ahí, los retortijones y gruñidos estomacales desaparecen. Lo que es mucho más importante y fundamental es que aprendamos a sentir el hambre celular o corporal. Ese hambre que nos indica que estamos bajos de azúcares, minerales y nutrientes y que a nuestro cuerpo se le está acabando la batería o gasolina para poder realizar la siguiente tarea. Por ello es muy importante una vez más estar conectados con las señales de hambre de todo el cuerpo, no solo las del estómago.

Si al estómago lo llenamos de palomitas y una bebida de cola en el cine, se sentirá lleno, pleno. Sin embargo nuestro cuerpo seguirá echando en falta minerales y nutrientes para poder realizar la siguiente tarea y de ahí viene muchas veces el nos sentirnos con fuerzas o demasiado cansados.

Y por otro lado, es conveniente distinguir entre el hambre estomacal y el hambre emocional, pues ambos suelen tener los mismos síntomas físicos en el cuerpo. La ansiedad y preocupación, en muchos casos se manifiestan físicamente en el estómago. Si no estamos bien conectadas con lo que nos está pasando, podemos confundirlo y esto nos llevará a comer sin necesitarlo realmente. Y de ahí puede surgir la culpa y la vergüenza por haber comido en exceso, con la única intención de aliviar un malestar creyendo que la solución está en el estómago.

Para ello, lo mejor sería sentarnos y ocuparnos de nosotros mismo de manera adecuada. Trabajando con la ansiedad desde su lugar de origen. Agradeciendo al estómago las señales que nos envía de que algo no va bien, pero ocupándose del problema en su lugar de origen. 

Por todo esto, lo más importante siempre es estar consciente, presentes y conectados con nuestro cuerpo, pues desde ahí, se vivirá con mucha más riqueza e intensidad todo lo que hagamos.

En la próxima entrega hablamos del hambre celular, mental y sobre todo, el hambre de corazón, que es el principal motivo de la gran hambruna de este nuestro primer mundo.

lunes, 27 de octubre de 2014

Un templo llamado CUERPO

 
"La iglesia dice: el cuerpo es un pecado.
La ciencia dice: el cuerpo es una máquina.
La publicidad dice: El cuerpo es un negocio.
El cuerpo dice: Yo soy una fiesta ".-
Eduardo Galeano, Walking Words

Estamos acostumbrados a vivir siempre en la mente y la mente es la que suele regir nuestras vidas. Ayer leía una frase de James Allen que apuntaba: “Has llegado hoy hasta donde tus pensamientos te han llevado, y mañana llegarás hasta donde tus pensamientos te lleven”.
Y es que la mente juega un papel muy importante en nuestras vidas. Los seres humanos nos distinguimos del resto de mamíferos precisamente por nuestro uso de las capacidades mentales.
Sin embargo, quedarnos solo en la mente es vivir la vida de una manera muy limitada. Nuestra mente, y en concreto nuestro cerebro proviene del cerebro reptiliano, donde se encuentra el instinto de autopreservación y agresión, que posteriormente evolucionó al cerebro intermedio donde se haya el sistema límbico y las emociones para acabar en el cerebro racional o neocórtex que hoy en día usamos, donde se procesan todas las tareas intelectuales.
¿Que quiero decir con todo esto? Pues como decía mi profesor de Mindfulness, el Dr. Ronald Siegel: nuestro cerebro (el tuyo, el mío y el de todos) es velcro para lo malo y teflón para lo bueno. Estamos diseñados de serie para protegernos, es decir, atacar o para huir. Y es por esto que pasamos la mayor parte de nuestra vida en lo malo, elaborando sobre las preocupaciones, anticipándonos a lo que pueda pasar, o arrepintiéndonos de lo que fue y de lo que no pudo ser.
Y debido a todos esto, pasamos la mayor parte de nuestra vida haciendo uso de la mente pero se nos olvidan los demás invitados a este baile de la vida. Y el verdaderamente importante, el de honor, es nuestro cuerpo.
Yo vengo de una familia eslava con un carácter bastante fuerte donde todos crecimos con la creencia de “No hay dolor”. Y como yo interpreté desde pequeñita esto, es que hay siempre que tirar para adelante ante cualquier dolencia. Afortunadamente no es que haya tenido muchas enfermedades graves en mi vida, pero siempre he entendido el cuerpo como un vehículo para llegar a donde quería. Si le faltaba gasolina, se la ponía en cualquier estación y a seguir. Revisiones de ITV humana anuales y si todo bien, que solía estar bien, cerraba carpeta hasta el año siguiente.
 Sin embargo, a través Atención Plena (Mindfulness) y de la Alimentación Consciente (Mindful Eating) he ido poco a poco entendiendo que el cuerpo es mucho mas que un vehículo o una talla de vaqueros para poder estar mona.
Gracias a nuestro cuerpo estamos aquí. Sin él, nuestra vida no es vida. Es decir, sin cuerpo, no hay vida. Cuando no funciona, nada a nuestro alrededor funciona. Y cuando funciona, cuando nos sentimos bien, somos capaces de alcanzar la luna con las manos.
Tratar a nuestro cuerpo con amor y cuidado no sólo aumentará nuestro amor propio, sino que nos aportará un subidón de energía. Pongamos atención e intención en lo que le damos a nuestro cuerpo, no sólo porque nos queremos ver bonitas, sino porque nos queremos y nos queremos sentir bien. Alimentar nuestro cuerpo con alimentos ricos en nutrientes nos hará rebosar amor por todos los poros.
Para aprender a escuchar el cuerpo, como con cualquier escucha atenta, hace falta silencio, hace falta provocar momentos de encuentro.
Y ¿Cuándo podemos crear esos momentos de encuentro? Para mi, los tres momentos clave de encuentro con mi cuerpo diarios son a través de la meditación, cuando me alimento y cuando hago ejercicio.
Tanto en la meditación de respiración (Mindfulness) como en la meditación activa (yoga) o cualquier actividad de conciencia corporal, el cuerpo comunica su estado. Cuando a los pocos minutos de sentarme en el zafú consigo acallar la mente, el cuerpo empieza a hablar y los dolores o incomodidades empiezan a surgir. Y el latido del corazón se empieza a oír. Y me va hablando diciéndome lo que necesit para ese día, lo que el día anterior no le dí o de lo que lleva tiempo careciendo.
A través de la alimentación, además de darle el combustible básico que necesita, comprendo que alimentos le saben bien, cuales le sientan mejor y cuales le van a ayudar da sacar el día adelante con energía y buen ánimo.
Cuando se desarrolla una actitud en la cual nos responsabilizamos de la información interna qué proporciona nuestro cuerpo, los hábitos perjudiciales como el sedentarismo o la alimentación desequilibrada se modifican no por "deber" sino para disfrutar de más bienestar interior. Desarrollar una mirada de amor hacia el cuerpo no significa determinar si el cuerpo es bello o es feo, sino volver a casa para cuidar lo que es nuestro, lo que somos y nos vincula a la vida.
Y con la actividad física, en mi caso es la carrera, que es seguramente el momento en el que mayor presión le meto, es cuando mi cuerpo y yo nos volvemos uno y la comunicación es simultanea. La mente muchas veces quiere colarse repitiendo frases como: “ya has hecho mucho hoy” “hoy estás corriendo peor que nunca, no tenías que haber salido de casa” “me siento super pesada” “como me está costando” “no se si parar ya” “total, ya has corrido un día esta semana, no hace falta más”, etc., etc., etc. Pero el cuerpo sigue, silencioso, paso tras paso avanzando. Incluso a veces con mayor rendimiento de lo que mi cabeza puede percibir por todo el ruido mental de mis “saboteadores”, esos pequeños gremlings que todos tenemos que nos invitan a vivir permanentemente en nuestra zona de confort.
 Y aquí me permito insertar las sabias palabras de mi profesor de meditación y yoga, Gustavo G. Diex:
“No te involucres en una competencia contigo mismo, y si así lo haces, nótala y déjala ir. El espíritu del trabajo es el espíritu de la aceptación de uno mismo en el momento presente. La idea es explorar tus límites suavemente, con cariño y respeto a tu cuerpo. No es intentar romper los límites de tu cuerpo por querer transformarlo en un ideal. Eso puede ocurrir en forma natural si mantienes la práctica pero si tiendes a forzarte más allá de tus limites del momento en vez de relajarte en ello, puedes terminar dañándote. Esto simplemente podría hacerte retroceder y desanimarte sobre el mantener la práctica, en cuyo caso podrías encontrarte culpando al trabajo en ved de ver que fue tu actitud de intentar lograr algo la que te llevó a excederte. Ciertas personas tienden a entrar en un círculo vicioso de excederse cuando se sienten bien y con entusiasmo y luego no poder hacer nada durante un tiempo y desanimarse”.
Para esta temporada os propongo que cada una desarrolle su ritual de comunión con el cuerpo, para aprender a quererle y cuidarle como si fuera nuestro bien mas preciado… ¡que lo és!

martes, 16 de septiembre de 2014

Reto: Construye tu propio bienestar ¿Percepción o Realidad?

Mi amiga Mar y yo hemos empezado la nueva temporada escolar muy energetizadas y con muchas ganas de cuidarnos. Así que tenemos un reto entre manos muy divertido: 12 meses para crear nuestro propio bienestar, cada una el suyo, pero compartido que siempre es más divertido, gratificante y aporta más aprendizaje. Pues bien. El mes de Septiembre está dedicado a retomar contacto con nuestro cuerpo y nos hemos propuesto convertirnos en "mujeres que corren" (lamento decirlo pero suena mejor runners). Así que empezaremos oficialmente el próximo 27 de Septiembre corriendo la Carrera del Corazón, que son 5 kilómetros. Esto como preámbulo de la San Silvestre que nos espera en Diciembre.
Y poquito a poco hemos empezado a entrenar utilizando principalmente el sentido común y poniendo mucha conciencia y mimo en nuestro cuerpo.

 


En el pasado, Mar había hecho leves intentos entre corriendo y andando, por lo que alcanzar casi 4 kilómetros seguidos en el primer día de carrera fue para ella algo increíble. Único. Un kilómetro más y ya lo tenía conseguido. Nunca se pudo haber imaginado que era capaz de tanto solo con poner la intención. Con lo que queda demostrado que el límite no está en el cielo sino en la cabeza.
Pues bien, este domingo, como premio a lo bien que se encontraban nuestros cuerpos, decidimos salir otra vez a correr. A favor nuestro estaba que era voluntario, era domingo por lo que nuestro cuerpo estaba mas descansado e íbamos juntas, que eso siempre anima y motiva, en contra, que era un pelín más tarde que el horario normal y el calor y el sol apretaban más de lo normal.
Lo cierto es que hubo un tramo que las dos echábamos el higadillo, o por lo menos eso creíamos. Ambas sentíamos que estábamos corriendo peor que nunca, más lentas, más pesadas, cargadas de saboteadores suavemente susurrando en nuestros oídos... "no puedes, párate ya, total... no pasa nada, tu compromiso son dos días... no tres, estas agotada.... etc, etc, etc".
Pues bien, llegamos y no sólo eso, si no que marcamos el mejor tiempo desde que hemos empezado. Nuestra percepción, la de ambas, era que lo estábamos haciendo peor que nunca y sin embargo el medidor de actividad nos daba el mejor tiempo de todos.
Moraleja: Nuestra percepción se alimenta de pensamientos y sentimientos y nos da una evaluación en base a todo lo que pasa por nuestra cabeza. Sin embargo, nuestro cuerpo siempre nos da el mensaje de lo que es. Y dándonos una información tan real, ¿porque será que le escuchamos tan poco? Quizá será porque estamos tan desconectadas de él constantemente que no sabemos ni escucharle, ni cuidarle y mucho menos amarle tal y como es....
Os propongo uniros a nuestro reto y comenzar a tomar conciencia y poner en práctica sobre todo aquello que contribuye a construir NUESTRO PROPIO BIENESTAR...

ps. hoy hemos vuelto a superar la marca tanto de distancia como de velocidad... Y todo esto sin escuchar el cuerpo...!